PARÍS

“Con cada vez que te veo nueva admiración me das; y cuando te miro más, aún más mirarte deseo”.

                __La vida es sueño__. Pedro Calderón de la Barca

Ya habíamos estado allí y aún no lo habíamo pisado.

Llegamos con las manos en los bolsillos y la maleta llena de ilusiones. En cada esquina un mito. No estábamos sólos.Lucién de Rupembré nos enseñó a tener ilusiones antes de perderlas y nos dijo que aquella ciudad era, al mismo tiempo, todo la gloria y toda la infamia de su país. Y, como él, aún buscamos un hueco, luchando, haciéndonos un sitio y conociendo todas las alegrías y las iniquidades del ser humano.

Íbamos sedientos de viajes y de independencia y encontramos un hotel centenario y decadente, al cual le crujían las vigas como a una señora con problemas en los huesos. Las camareras eran enormes francesas, mastodónticas, calmadas y serenas. Nos servían unos cafés con leche del tamañao de un autobús. Y desayunábamos con hambre antes de buscar los pasos perdidos de mis héroes.

Estuvimos buscando la librería donde Joyce buscaba tras sus gafotas el flujo del subconsciente, donde se convertía en ídolo de jóvenes lectores que soñaban con alcanzar los territorios ignotos de la prosa pura, destilada lo justo y que dejaba el sabor de la verdad y la incomodidad de la simplicidad del ser humano.

Buscamos, entre las galerías comerciales el paraíso de las damas de Zola, lleno de ambición, encontramos en sueños la tienducha donde Therese Raquin cometió su crimen por amor, y quizás nos encontramos con los impresionistas sacando sus caballetes para captar el momento en el que iban a cambiar la historia moderna de la pintura, revolucionarios de la improvisación y la luz, reyes de la mirada, homicidas de academias y tradiciones.

A veces, tras la esquina, escuchábamos el bastón de Toulousse-Lautrec, que cojeaba y vislumbraba su salto a la inmortalidad a la pata coja, entre las enaguas de las coristas y los tacones, entre las barras y las botellas de champagne. Vimos el Molino rojo con el viento parado a sus pies, mientras sobrevive de su pasado como una cupletista nonagenaria en su ático de lujo del barrio de Salamanca.

Y cruzamos el Sena miles de veces para buscar con Víctor Hugo alguien que le pusiera al Jorobado una décimo de la lotería en la espalda, mientras las gárgolas contemplaban impertérretias el paso de los siglos, dialogando con Heráclito sobre el río, buscando en la página de los pasatiempos las semejanzas y las diferencias de ese río que ha visto sueños, ahogados, suicidas y amantes, que ha escuchado declaraciones de amor y promesas de triunfo, que ha ocultado armas, y a colaboracionistas del régimen nazi.

No nos cansamos de andar y nos encontramos con Céline, buscando en su cartera la muerte a crédito con la que sus padres se iban odiando todos los días en un matrimonio naufragado, tirando de un negocio de modas caducas, situado en un callejón lleno de orines y decadencia. Y le seguimos, escuchando cómo protestaba, lleno de amargura para coger un barco que le llevara a buscarse por el mundo para perderse para siempre en un par de obras maestras, que le llevaron a ser un maestro maldita, que termino colaborando con los boche, después de haberlos luchado.

De noche salimos con Hemingway, Dos Passos, Scott Fiztgerald y Zelda, y cenamos con Gertrude Stein donde Picasso estaba pasando por todas sus épocas y amando a todas las mujeres.

Pudimos bromear con Dalí y con Buñuel, que llegaron allí con toda la ambición para dominar con el surrealismo la pintura y el cine, dejando una estala de malditismo y polémica mientras se olvidaban del perro andaluz de Lorca, que restañaba las heridas de la traición de los amigos.

Conocí allí a Henry Miller, que soñaba con dominar el mundo y rompió con la rutina previa para hacer el hatillo y cruzar el charco en busca de la grandeza y la miseria, buscando entre los bajos fondos alguna perla que llevarse a la página en blanco.

Tom Wolfe nos pidió un cigarro y no pudimos dárselo, pero hablamos un poco con él y nos dijo que vino a París para hacerse un poco más sabio, para verlo todo y que se llenaba la maleta de recuerdos del viaje.Luego nos envió una tarjeta postal antes de morir de tuberculosis y dejarnos huérfanos de talento.

Estuvimos en todas la plazas, vimos en Montmartre a Amelie, que jugaba a encontrar el amor entre gnomos, escaleras y adoquines.

A lo lejos, vimos a Balzac ocupar la habitación más infame de todo Paris, la misma que le buscó su madre para que el niño soñador y gordito dejara la escritura y se buscara un trabajo serio. Pero yo vi en su mirada la seguridad del que no iba a cambiar el rumbo.

Nos subimos a la Torre para ver desde arriba el palpitar de una ciudad eterna que guarda entre sus calles miles de secretos, cientos de aspiraciones, soñadores de café, exiliados de sí mismos, profetas de pacotilla.

Vimos a Unamuno caminando, hablando con alguien pero introduciendo su propio monólogo, con la barba blanca y con el ceño fruncido.

¿Recuerdas cómo vimos a Gabo mirar, detenido, al otro lado de la calle, cómo andaba Hemingway? “Hola maestro, le dijo”, y tú y yo nos llevamos ese instante.

Te perdí en el Louvre, buscando cuadros, esculturas, códigos de Hammurabi, donde firmamos tú y yo varios contratos, con pocas clausulas pero claras. Y cómo disfrutamos del D´Orsay, que guardaba aún en su interior el eco de los trenes, mientras las pinturas colgaban pedazos de gloria, de enfoques distorsionados, de modernidad, de rebeldía.

Cómo nos tomábamos los Crepes, sentados en las fuentes que miraban al Pompidou y cómo creímos ver a Sartre y a Camus tomando un café en una terraza en Motparnasse.

Años después volvimos y estaban los mismos. Hacía frío y el chocolate caliente nos daba calor y energías para perdernos por todas aquellas calles y lugares donde aún no estuvimos y donde queríamos volver. El hotel era mejor, más elegante y podíamos permitirnos algún burdeos caro que nos regara el ánimo y el paladar

Le pusimos una flor a Stendhal y otra a Cortázar y quisimos volver a Madrid para poder regresar. Al doblar la esquina, nos encontramos con nosotros mismos, los de entonces, y, parafraseando al poeta, algo habíamos cambiado. Pero no habíamos perdido ni la sonrisa y las ganas de mirarnos. Áún quiero volver ¿y tú?. Espero no volvernos a encontrarnos con Bogart en el avión de vuelta. La última vez, no dejaba de llorar en el hombro de Sam. Le dijo que quería abrir un garito para beber y olvidar.

Foto de París desde la catedral de Notre Dame

Discusión

Escribe el comentario:
T D E V K
 
blog/2014/05/24.txt · Última modificación: 23:19 26/05/2014 por andy
Recent changes RSS feed Creative Commons License Donate Minima Template by Wikidesign Driven by DokuWiki